Si conocéis a David Fincher, tal vez tengáis en vuestra memoria películas como «Seven» o «El club de la Lucha» (las dos interpretadas por Brad Pitt, y geniales las dos) y eso os haga ir a ver el filme presuponiendo qué vais a ver. Si es ese vuestro caso, os sugiero que os quitéis de la mente cualquiera de esos pensamientos y vayáis a verla sin ningún tipo de prejuicio. Nunca antes una película me había dejado sin palabras para describirla y nunca me había causado la sensación de que algo fallaba en ella. Son estas, impresiones contradictorias que voy a intentar explicar a continuación.

«El curioso caso de Benjamin Button» es una película que cuenta una historia de un amor imposible, una reflexión sobre la vida y la muerte y sobre la existencia en sí misma. Trata la historia de Benjamin Button, un niño que nació viejo y que con el transcurso del tiempo va rejuveneciendo. Esta paranoia me hace recordar una buenísima canción de Bunbury que se titula, «De mayor», la cual habla sobre como la sociedad te enseña desde pequeño a ser mayor, denuncia del embrutecimiento de la inocencia de un niño, y de como ese niño cuando por fin es mayor quiere aprender a ser pequeño, ya que no tuvo tiempo de serlo en su momento. Es curioso (sin querer hacer analogía del título del film) que el protagonista sea ya «mayor» cuando nace y «de mayor» sea joven como el niño de la canción. Es como un sueño hecho realidad.

Pero poco tiene que ver la canción de Enrique Bunbury con este filme. Nos habla de la muerte, la verdadera protagonista, como algo que nos acompaña durante toda nuestra vida aguardando el momento adecuado para presentarse ante nosotros como el nacimiento de todo. Esta historia tiene algo de Patito Feo, algo de Amelie, algo de Oliver Twist, pequeños detalles que enriquecen el conjunto y lo dotan de diversas cualidades. Estamos ante una película extraña y arrebatadora, melancólica y fantástica, poética y abstracta. Se me antojan pocos adjetivos para una película tan interesante como esta que intenta ser una especie de cuento popular, con un realismo mágico incrustado en sus entrañas pero que para nada resulta forzado; el director consigue que todo lo que cuenta no nos resulte raro, siendo este género tan difícil de manejar. El tiempo es otro de los factores importantes de la película. El tiempo inverso, la metáfora del reloj imposible que rueda hacia atrás, y definitivamente ese preciso instante en el que los dos protagonistas se encuentran. Pero ese encuentro es la señal de que el declive empieza, es la advertencia de que nada es para siempre y de que todo tiene un fin.

La película en cuanto al aspecto técnico es increíble. Un maquillaje sublime que transforma a Brad Pitt en un viejo de 80 años con un cuerpo del tamaño de un niño. Y respecto a los actores no tengo más que palabras de elogio para los principales. Tanto Pitt (mejor interpretación de su carrera en mi opinión) como Cate Blanchett (otra que tal «baila») están increíbles.

Sin embargo, os preguntaréis cual es la pega después de todas estas palabras.

Pues aparte de esa sublime reunión de factores que convertirían a este filme en una obra maestra, hay muchos otros que influyen en que no lo consiga. Dejando a un lado la compleja y paradójica relación de pareja que viven Pitt y Blanchett, la unión de todos estos ingredientes no llena. A pesar de ser una historia interesante, es solo un recipiente vacío, es una imagen sin profundidad, es solo fachada, es un compendio de escenas bellas y magníficamente dirigidas pero que piden a gritos una mayor densidad, un mayor contenido. La historia de Benjamin, condenado a vivir hacia atrás, apenas emociona, no impacta lo que debería e incluso deja algo frío al espectador. La cantidad de personajes que aparecen en toda la película no consiguen conectar y resultan efímeros, como una mera excusa para que transcurra la trama. La sensación que deja es la de haber desperdiciado una historia con mucho más trasfondo convirtiéndola en un intento de cuento moral que por contra apenas entra en ese ámbito y lo trata soslayadamente.

Tal vez penséis que soy Dr. Jekyll & Mr. Hyde, pero esa es mi opinión.

De todos modos las 13 nominaciones a los Óscars bien las merece, y en mi opinión se merece ganar todas menos la de mejor película, a falta de ver Slumdog Millionaire (y las otras candidatas).

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